miércoles, 22 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.13: El club de los Cinco

Audio del programa de ayer, acá y acá. Jesús Rodriguez sobre política y señales de vida radical, y el debut recitativo de Kari Solano.

Soundrack acá: Cujo, Simple Minds, Jaime Roos, Joni Mitchell, Supertramp, Kings of Convenience & Feist (más un pequeño sampler de pop escandinavo de yapa).

"Cuando el 4 de abril y el 25 de mayo e 2002 Francella recuperó cerca de 720 mil dólares en depósitos atrapados en el corralito, gracias a un amparo, la gente lo saludaba por la calle: ¡Grande Francella! Hoy, once años después, el perfil en Tuiter de una periodista de Estado lee: Periodista Nac & Pop en Duro de Domar, Ni a palos, Radio Nacional y Canal Encuentro. ¡Grande Julia! la saludan los militantes por la calle y Julia les sonríe una sonrisa millonaria..."

lunes, 20 de mayo de 2013

Escritura automática


Columna de la series Tasas Chinas publicada el 19 de mayo en Perfil. Con referencias anotadas en hiperlinks.

La era del yuyo ha entrado en su etapa búsqueda del tesoro. Auscultamos los libros de los escribas de estado para encontrar la huella del pirata. Extendemos los planos sobre la mesa de fórmica del estudio de televisión en busca de la bóveda oculta, de la guarida que cobija el botín dorado. Sólo que, a diferencia del de Spielberg, el guión de esta última cruzada no promete piedras preciosas y santos griales sino pirámides de ladrillos verdes de moho enterrados bajo tierra u oscuras entradas contables y asientos electrónicos en exóticas islas del Caribe. Como la carta robada de Poe, el tesoro mejor guardado está guardado cerca de casa, en el lugar más obvio, el menos pensado. Allí donde en noches de tormenta se lo puede acariciar y pesar sin dejar de combatir al capital.

Mientras miran de reojo el refugio patagónico, los relatores entran gozosos en la estapa de la escritura automática. Es el monopolio el que demoniza a los pobres evasores en fuga, víctimas de gobiernos atroces. No neguemos la realidad: cuando Juan de Garay fundó esta ciudad de pobres corazones macristas, los nativos mal llamados indios ya ahorraban en dólares. ¿Acaso debían ahorrar en una moneda que llevaba impresa la cara de quien los aniquilaría tres siglos más tarde? Redimamos pues a las dolarizadas víctimas de la usura neoliberal lavando sus pies en CEDIN. Ya lo decía Ezra Pound (poeta denominado en moneda fuerte): “Con usura no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia”. Recibamos en nuestro seno a los pródigos tránsfugas, mientras expoliamos a los pobres trabajadores pesificados, que de ellos es el reino del modelo.

Así, asediado por la realidad, el relato se transfigura en un cadáver exquisito de consignas recombinadas aleatoriamente como una carta abierta. Los apóstoles, antes de salir a evangelizar, repasan los retoques de última hora del guión. Miran al líder que, sin devolverles las miradas, dicta: a partir de hoy, el lenguaje oficial será el sueco, los ciudadanos deberán cambiarse los calzoncillos cada media hora, los niños de menos de 16 años tendrán todos 16 años y toda inflación mayor al 10% será del 10%. Hay algo conmovedor en el gesto perplejo con el que los seguidores interrogan el giro inverosímil, en el instante de duda antes del aplauso y la ovación.

El cadaver exquisito beberá el vino jóven (decía el primer cadáver exquisito).

El relato reversiona su propio relato. Documenta la historia del líder dos veces, primero como farsa, luego como tragedia. Proyecta las dos versiones a pantalla dividida en el prime time del canal Encuentro, mientras los fieles, con lágrimas de éxtasis militante, sueñan ovejas con pecheras azules.

Espejo replegado sobre sí mismo (escribía, automáticamente, Tristan Tzara).

En el matancero Congreso por la Democratización de la Justicia Cristina nos habla de “la primera gran ecuación” que conforman “justicia y seguridad, íntimamente vinculadas con fenómenos contemporáneos como el narcotráfico” y planta así en nuestras impresionables cabezas imágenes de jueces asaltando arma en mano a adolescentes de vuelta del boliche, u ocultando bolsas de dinero narco en oscuros pasillos tribunalicios.

Veo esa balanza perpetuamente enloquecida (André Breton seguramente se refería a alguna otra cosa, como siempre pasa con las vanguardias).

Los dioses han condenado a la Argentina a empujar una roca hasta la cima de la montaña, desde donde volverá a caer por su propio peso. Los dioses han pensado que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Pero la hora del descenso al pie de la montaña es la hora de la conciencia. ¿En qué consiste el castigo si a cada paso nos sostiene la esperanza de conseguir un propósito? Argentina, proletaria de los dioses, conoce la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante el descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. El esfuerzo mismo para llegar a la cima basta para llenar su corazón. Hay que imaginarse una Argentina dichosa.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.12: Lavemos en CEDIN los pies del pródigo evasor

Les dejo el audio de los tres bloques del programa del martes 14 acáacá y acá. Leemos a Federico Peralta Ramos y a Edgardo Cozarinski, y charlamos sobre el CEDIN, las tasas de interés y Moreno sobre el INDEK. 

Soundtrack: Stereolab, Noir Desir, El Chavez, Michael Danna, Jovanotti, Delgados, Chromatics.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.11: Mitos argentinos

Audio del programa del 6 de mayo, en tres bloques, acá, acá y acá.

Y Milagros nos lee su Poema de amor a Juan Román Riquelme, enlazado con el poema de los magos de Jorge de la Vega en versión de Federico Peralta Ramos.

Luego charlamos con Marcelo Larraquy sobre la violencia en los 70 y del libro (Los 70) que acaba de publicar sobre el tema.

Y sobre el final Olivera nos desazna sobre el fin del capitalismo. Soundtrack completo, acá

domingo, 5 de mayo de 2013

La nostalgia es el final de todo (Tasas Chinas en Perfil)

(Publicada el 5 de mayo de 2013 en Diario Perfil)

“Bennie recordaba a su mentor, Lou Kline, diciéndole en los 90 que el rock había llegado a su epígono con el Monterrey Pop. Estaban en la casa de Lou en LA, con sus cascadas y las muchachas hermosas que Lou siempre tenía cerca y su colección de autos al frente, y Bennie lo había mirado y había pensado: Estás acabado; la nostalgia es el final de todo, todo el mundo lo sabe.” En la novela de Jennifer Egan, Bennie se lamenta de su propia nostalgia de cuando producir música era hacer música, era creer en el poder transformador de la música –aunque el poder transformador de la música (o del cine o de la literatura) nunca haya sido tan grande como supusieron sus creadores. Bennie se lamenta de su propia nostalgia condenando la de su mentor. Se lamenta de haber perdido la capacidad de creer en lo que hace.

La política argentina se muere de nostalgia. Se debate en la guerra de las décadas (sesentistas contra noventistas, setentistas contra ochentistas), vela a presidentes muertos envuelta en banderas desteñidas. ¿Qué nombre identificará a las décadas del nuevo milenio? Argentina huyó del incendio de la crisis en un auto ensamblado de urgencia por Duhalde a principios de 2002; Néstor tomó la posta sin pasar por el service pisándolo a fondo e ilusionándose con la velocidad con la que se alejaba del fuego. ¿Qué nombre le pondremos a estos 10 años de tasas chinas y capitalismo de amigos y políticas de hilo y alambre? ¿Kirchnerismo? ¿Duhaldismo tardío, exacerbado, necesitado de un nuevo corazón o de una transfusión de sangre? ¿Panperonismo transgénico?

La política argentina se muere de nostalgia. Busca en el pasado para zafar de un presente en el que, con el motor ahogado, vemos cómo nos pasa el pelotón que creíamos liderar. Mira a boxes, convoca a marcha y festival de apoyo, circula manifiestos e insiste con la #decadaganada, el revival noventista o las saudades ferroviarias.

La nostalgia es el fin de la política. ¿Qué hace falta para un recambio de rostros y de ideas? ¿Es absolutamente necesario discutir qué capitalismo queremos como si todavía estuviéramos cursando Sociedad y Estado en el CBC? Personalmente, me bastaría un capitalismo que creciera y fondeara la redistribución de ingreso y de la riqueza sin que se la llevaran con pala los amigos. Me bastaría dejar por un rato de historiar las oportunidades perdidas como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, para comenzar a desandarlas con algo más concreto que un decálogo de buenas intenciones.

¿Cómo llamaremos a ésta época, la próxima, la que mañana o en octubre o dentro de treinta meses genere el comienzo de una nueva ilusión? Habrá que ponerle un nombre cuanto antes para salir de la huella en el barro y espantar la nostalgia. Un nombre que no nos congele en el tiempo, que nos obligue a pensar fuera del cajón de incunables y viejas fotografías que nos demora en el desván.

Aristóteles, cuenta Héctor Leis en su “Testamento de los años 70”, postuló el concepto de philia (amor fraterno) como cemento de la comunidad política. Son pocas las comunidades políticas donde la philia está más ausente que en la argentina, dice Leis, la distinción amigo-enemigo atraviesa toda la vida política, y sus actores tienden a enfatizar el lado enemigo. Políticos facciosos, plagados de mutuas asignaturas pendientes, políticos phobicos.

Propongo un programa abierto y voluntario de desconstrucción ideológica anaeróbica: los nostálgicos salen a la calle y arman su club de la pelea y se pelean todos contra todos hasta ajustar cuentas con el pasado y después de sacarse las ganas a los golpes se retiran o se tiran al piso, los cuerpos azules pero livianos, a pensar otra política que sea más que una industria de trabajadores poco calificados capaces de cerrar con cualquiera para no perder el conchavo o una organización de fund raising vendiendo asientos preferenciales a altruistas privados en busca de una terminal para hacer negocios con el estado. Una política que mire a la gente a los ojos y le pida perdón por Cromañón y Ferreyra y Once y La Plata con lágrimas verdaderas.

jueves, 2 de mayo de 2013

Tasas Chinas 2.10: La política se muere de nostalgia

Audio del programa del martes 30. Una hora y media en tres partes: primera, segunda y tercera. Larga y descontracturada charla con Margarita Stolbizer sobre la oposición, la política nostálgica y la vida misma; entremés con Santiago Llach sobre Javier Cercas, rock star literario y columna de Olivera: introducción al blue.

Playlist completa con versiones remixadas y originales, acá.

lunes, 29 de abril de 2013

Breve historia del cepo

(Publicada el 28 de abril de 2013 en Clarín)

En una charla radiofónica sobre Vamos por todo, el libro que escribí con Marcos Novaro y que acaba de publicar Sudamericana, decía que, a contramano del impulso natural de atribuir la deriva económica reciente a decisiones recientes, la realidad suele tener una manera más sinuosa –y, en todo caso, más lenta– de gestarse. Por ejemplo, decía, el origen del cepo cambiario se retrotrae al menos a la intervención del INDEC en enero de 2007. Gustavo Noriega, mi anfitrión radial, me pidió precisiones sobre este eslabonamiento. Lo que sigue es un modesto intento de responder a ese pedido. 

En 2006, vale recordar, Argentina ahorraba en pesos. En particular, para protegerse de una inflación ya en los dos dígitos, ahorraba en bonos y depósitos indexados al CER, un coeficiente de actualización en base a la inflación minorista lanzado a principios de 2002 precisamente para facilitar el ahorro y la inversión en un ambiente inflacionario. 

En 2006, también vale recordar, entraban capitales al país: inversiones especulativas en bonos indexados e inversión directa en la economía real. Sobraban dólares, que el banco central absorbía mediante la acumulación de reservas. Sobraban por el alto precio de la soja y porque los ahorristas argentinos, y muchos extranjeros, dejaban parte de su dinero en el país. Y en pesos. Hoy la soja sigue alta, pero los ahorristas no ven la hora de salir. 

En 2006, la inflación que se venía incubando desde 2004 –la misma que llevó en 2005 al entonces ministro Lavagna a sugerir que el crecimiento no inflacionario argentino estaba más cerca de 6% que del 9% verificado– se contuvo transitoriamente con un acuerdo de precios que, como el congelamiento actual, fue un analgésico que, sin otras medidas correctoras, sólo postergó los aumentos por unos meses, acumulándolos. Así, en enero de 2007 la variación mensual del IPC estuvo cerca del 2%, precipitando la intervención del INDEC. 

La manipulación del IPC tuvo dos efectos sobre el ahorro en pesos. El primero fue la percepción, alimentada por el gobierno, de un default encubierto. Según el relato oficial, la operación apuntó a reducir los pagos (y el stock) de la deuda pública, de la que en 2007 el 40% ajustaba por inflación. Según esta versión, las críticas a los cambios en el INDEC eran fogoneadas por ahorristas en pesos indexados que se beneficiaban de una mayor inflación –en confabulación con sus cómplices, los funcionarios desplazados por el gobierno. A pesar de ser una racionalización tardía cocinada para las elecciones de 2007, esta explicación (“dibujamos la inflación porque queremos pagar menos”) se incorporó al dogma kirchnerista y fue versión oficial por varios años (hasta que, más recientemente, abrumado por la evidencia, el gobierno tiró la toalla y simplemente dejó de mencionar el tema). No sorprende entonces que el riesgo país argentino, tras un fugaz coqueteo con el brasileño en enero de 2007, haya sufrido el golpe de la manipulación del IPC, derrapando gradualmente a niveles de default y dejando al país afuera de los mercados de capitales a pesar de su solvencia financiera y del promocionado desendeudamiento. 

El segundo efecto de la manipulación del IPC fue la eliminación de instrumentos de ahorro en pesos. Desde 2003, el Banco Central mantuvo las tasas de interés deliberadamente bajas (más precisamente, por debajo de la inflación esperada) con el fin de acelerar la recuperación. Esta decisión, posiblemente acertada a la salida de la recesión, favoreció el consumo a expensas del ahorro: si un depósito me paga menos que la inflación y mis ahorros pierden poder de compra con el tiempo, tengo incentivos para consumir más hoy, en vez de ahorrar hoy para consumir más en el futuro. La indexación a la inflación (por ejemplo, el depósito indexado el CER) era en 2006 la única manera de evitar esta desvalorización del ahorro. La manipulación del IPC significó que esta indexación ya no fuera a la inflación genuina sino a un número arbitrario que el gobierno informaba mes a mes. Así, el ahorrista argentino se vio ante la incómoda disyuntiva de consumirse sus ahorros o ahorrar en pesos con un retorno real crecientemente negativo. O, por último, ahorrar exclusivamente en dólares. 

Fue la combinación de estos dos factores (falta de instrumentos de ahorro y percepción de un default implícito y permanente a los ahorristas en pesos, ambos fruto de la intervención del INDEC) lo que originó la salida de capitales y la falta de financiamiento externo que puso en marcha el proceso (escasez de dólares, caída de reservas, expectativas de devaluación, más salida de capitales) que gatilló el cepo cambiario a fines del 2011. 

La inflación crónica jugó un rol accesorio en esta historia: a fines de los 80 y principios de los 90 Colombia vivió con inflación entre 20% y 30%, pero con tasas de interés reales positivas evitó la dolarización y la fuga de ahorros. La apreciación del peso también tuvo un papel secundario. Basta mirar cómo países como Brasil o Colombia, aún con apreciaciones y déficits de cuenta corriente mayores a los nuestros, enfrentan hoy el problema opuesto: un exceso de oferta de dólares que los obliga a acumular reservas. La diferencia entre ellos y nosotros no está en la competitividad de nuestras exportaciones sino en la competitividad de nuestra moneda como reserva de valor: hoy el peso es sinónimo de desahorro. 

De lo anterior surge –espero– que una devaluación, si bien descomprimiría transitoriamente la presión cambiaria, no solucionaría el problema de fondo. Imaginemos, hipotéticamente, una devaluación real convencional: un dólar recontraalto que se traslade sólo parcialmente a la inflación. Es decir, un tipo de cambio tan alto que a partir de allí, por un tiempo, el dólar sólo pueda mantenerse estable o incluso caer. En ese caso, una tasa de depósitos del 15% con una inflación del 25% nos daría un retorno negativo en pesos reales (perderíamos en un año el 10% del poder de compra de nuestros ahorros) pero positivo en dólares (ganaríamos el 15%). Una situación parecida a la de 2007, cuando ahorrar en pesos era apenas el mal menor. Pero, con el tiempo, la inflación volvería a apreciar al peso, el dólar ya no se vería tan estable y la redolarización retornaría con fuerza. 

Imaginemos, en cambio, un depósito que pagara una tasa de interés igual a la inflación genuina, como era el caso a fines de 2006. Es cierto que el inversor más sofisticado o con espíritu especulador miraría la evolución del dólar para elegir la denominación de sus ahorros. Pero la mayoría de las familias suscribirían un instrumento que les permita acumular ahorros sin que se los coma la inflación. Tasas reales positivas (o, al menos, neutras) exigirían, claro, una menor emisión monetaria: después de todo, las tasas bajas no son más que la contracara del tsunami de pesos. El gobierno tendría que buscar formas alternativas de financiamiento, pero muchos de los pesos que hoy buscan dólares en las cuevas a cualquier precio irían al banco, quitándole combustible a la corrida y favoreciendo el crecimiento y los ingresos fiscales. El mismo efecto sobre la tasa real tendría, cabe aclarar, una deseable pero, en el corto plazo, improbable caída de la inflación. 

Nos estamos hablando de una utopía, sino de lo que sucedía en Argentina hace apenas seis años, o de lo que sucede hoy en los países vecinos. La intervención del INDEC acabó con eso.

viernes, 26 de abril de 2013

Vamos Por Todo en la Feria del libro


Los espero el domingo en la Feria.


Invita a la presentación del libro

Descripción: VAMOS POR TODO (EDUARDO LEVY YEYATI - MARCOS NOVARO)

VAMOS POR TODO

de

Eduardo Levy Yeyati y Marcos Novaro

Presentarán: Ernesto Tenembaum, Juan Tolkatlian y los autores

Domingo 28 de abril – 19:30 hs.
Sala Victoria Ocampo- Pabellón blanco
Feria del Libro – La Rural

Al finalizar la charla, los autores firmarán ejemplares del libro en el Stand de RHM (Pabellón verde)



Invitación impresa válida para ingresar a la Feria del Libro


miércoles, 24 de abril de 2013

Tasas chinas 2.9: Política nostálgica

Les dejo el audio del extra largo programa de ayer, en tres partes: una, dos y tres. Nos visitó German Lodola para hablar de cultura política (en particular, del informe Vanderbilt que acaban de publicar la UTDT y CIPPEC), de la política de marchas y de las virtudes del kirchnerismo. No nos alcanzó el tiempo y usamos 20 minutos del programa siguiente. Prometió volver.

Todo bañado por un soundtrack étnico, que les dejo acá.


La novela de Jennifer Egan es ésta. Las voces y efectos especiales son de Monty Python.

domingo, 21 de abril de 2013

Salida, fuga y lavado de dinero

Un post breve que es como un tuit largo. El otro dia en Plan M, el programa de Maximiliano Montenegro, noté con preocupación que no sólo el gobierno confunde los tres conceptos del título. Vale entonces una aclaración.

Hay salida de capitales, por ejemplo, cuando  viajo a Miami (o hago el Camino del Inca) y pago con tarjeta de banco argentino, o cuando pago una deuda con el exterior (ambas operaciones en banco registradas en el sistema bancario e informadas al Banco Central). Hay fuga de capitales, por ejemplo, si dolarizo mis ahorros girando dinero de una cuenta argentina a una cuenta en el exterior (como hizo Néstor con los fondos que ligó Santa Cruz por la privatización de YPF en los 90) o si compro dólares en un banco o en una casa de cambio y los guardo en una caja de seguridad o en la mesita de luz (de nuevo, operaciones registradas en el sistema bancario e informadas al Banco Central). La distinción entre salida y fuga es sutil, como señalábamos hace un tiempo en esta vieja columna en Clarín (que por suerte guardó taringa). Pero el dinero declarado en el exterior o la compra de títulos públicos en el mercado local (y su eventual venta en mercados internacionales) son situaciones legales (y de hecho cotidianas en todas partes del mundo) del mismo modo en que lo son los pagos que el gobierno hace para suplir el déficit energético o servir la deuda externa, o la transferencias (seguramente registradas) que hicieron Etchegaray o Kicilloff para adquirir sus propiedades uruguayas.

Lavado de dinero, en cambio, es blanqueo de dinero negro, fruto de ganancias de actividades delictivas (incluyendo coimas) no registradas, que se "registran" como ganancia, por ejemplo, mediante la compraventa de activos (subestimando el precio de compra o inflando el de venta o ambas cosas) para ser incorporada (blanqueada) en el patrimonio del receptor (por ejemplo, de la coima) como en el blanqueo promovido por Etchegaray en 2009 (en el que se perdonaba el negreo pasado a cambio del cobro de un módico impuesto; una suerte de lavado legal).

sábado, 20 de abril de 2013

Realidad, relato, reality

(Publicada en Diario Perfil el 20 de abril de 2013 en la serie Tasas Chinas, que refrtita el material de las intros de mi programa en Radio UBA).

Después de un mes en el primer mundo, vuelvo a Buenos Aires buscando la pausa. Pero la pausa se pierde en la vorágine del modelo. En treinta días llevamos un mate al Vaticano, sufrimos el diluvio con el arca llena de agujeros y, con los colchones todavía húmedos, dimos un paso hacia la justicia plesbicitaria. Para colmo, el Pepe nos trató de viejos y tuertos (al menos no nos llamó ladrones). Y en un segundo plano borroso, la economía se hunde en mares de gofio sacándole la lengua al 5% soñado por los analistas de estado; contamos mal los dólares de la soja y el barrilete blue sube dos metros para bajar uno.

Difícil la pausa. Argentina está desbocada. Arrastra los piés pero mueve mucho las manos. La gestión ya no es acción sino dicción, y se discuten reformas de una década en unos pocos meses preeleccionarios. No terminamos de contar los muertos para lanzar la próxima consigna. La realidad corre delante de nosotros como un animal enjaulado.

¿Puede una tragedia de estas dimensiones precipitar un cambio en la manera en que se hace política en Argentina? Tuiteaba esto hace un par de semanas en referencia a las inundaciones, más precisamente en referencia a las decenas de muertos por las inundaciones –al hecho de que, a pesar de que la mayoría, si no todas esas muertes era evitables, el debate en la clase política se centraba en explicar dónde estaban durante el siniestro y qué tan rápido habían vuelto para sacarse la foto entregando un colchón. Casitas inundadas, a votar.

Hace unos días, en la cena aniversario de CIPPEC, Robert Cox recordaba sus conversaciones con Videla, pensando en los 30 años de democracia. A 30 años de la recuperación de la democracia, los grandes temas son el dólar blue, desplazado de los titulares por las inundaciones, desplazadas por las pecheras de la cámpora, desplazadas por la democratización de la justicia, desplazada por las confesiones de Fariña. No es fácil hablar de nada de esto sin caer en el lugar común, en la indignación o el regodeo. La catarata de tragedias, imposiciones y curros nos nubla el sueño de la democracia, nos acorta la vista, nos aplasta contra el presente. Nos caga el festejo.

Una sociedad asciende desde la brutalidad hasta el orden, dice Paul Valery. Como la barbarie es la era del hecho, es necesario que la era del orden sea el imperio de las ficciones. Esto es así porque no hay poder capaz de fundar el orden con la sola fuerza física. Se necesitan fuerzas ficticias. El Estado centraliza el relato, dice Piglia, parafraseando a Valery; el Estado narra. El poder político está siempre imponiendo una manera de contar la realidad, de contar no la Historia sino historias. ¿Cuáles serían esas historias en Argentina?, le preguntan a Piglia. El complot, la conspiración, el relato paranoico, la amenaza golpista, responde. El año es 1984.

En Nadando a Camboya, el unipersonal de Spalding Gray filmado por Jonathan Demme en 1987, Gray relata su experiencia en la filmación de Los Gritos del Silencio, la película de Roland Joffe sobre el retiro de las tropas estadounidense en 1975 dejando a Camboya a merced de esa mezcla de revolución cultural y colectivización agrícola con la que Pol Pot y su Khmer Rouge quisieron superar a Mao causando la muerte de 2 millones de camboyanos. Diez años despúes, al momento de hacer el film, cuenta Gray, Pol Pot resistía con 30 mil soldados apoyados por fondos americanos, como retén contra los vietnamitas que ocupaban Camboya como respuesta defensiva contra los chinos, o eso decían. Cuenta Gray que Joffe, el director, a quien describe como un ingenuo creyente, en un momento le dice: “Espero que este film deje en claro que la moral no es un feriado móvil” (a moveable feast). Gray, un depresivo que terminó sus días neoyorquinos arrojándose al Hudson, apunta esto con amarga ironía.

Argentina es el imperio de las ficciones. En la era del yuyo, la moral transversal del kirchnerismo es un feriado móvil. El relato reescribe la realidad y purifica cualquier pecado de conciencia.

Pero la fariñización del robo y lavado de dinero público inaugura un nuevo estadio del relato: el reality. Lleva el debate sobre la corrupción a la cama de pilates. Masifica pero banaliza. O banaliza pero masifica. Suerte de Mancha de Rolando en reversa, el reality fariñabaez le quita cool a la política y le agrega morbo.

¿Puede una tragedia de estas dimensiones precipitar un cambio en la manera en que se hace política en Argentina? La mayoría de las muchas respuestas oscilaron entre la ironía y la condescendencia. La década ganada nos ha dejado demasiado cerca del que se vayan todos del 2002, cerca del cacerolazo, que es casi el destierro del lenguaje. Pero si pensamos que la política no tiene arreglo, la política no tendrá arreglo.

jueves, 18 de abril de 2013

Hay que remar: Cómo crecer en un mundo sin viento de cola

Les dejo el link al informe sobre América Latina, que preparamos para las reuniones de primavera del Banco Mundial. Vientos globales, crecimiento local y educación, entre otros temas.

Informe en inglés, presentación en castellano. 

miércoles, 17 de abril de 2013

Tasas Chinas 2.8: Lavado de dinero y planchado de la justicia

Les dejo al audio del Tasas Chinas de ayer. Charlamos con Marcelo Leiras del proyecto de democratización de la justicia y con Olivera y Galperín de la naturalización y farandulización del lavado de dinero tras el caso Baez (a.k.a. caso Fariña).

En dos partes: una y dos.


Soundtrack: Moby, Lounge Lizards, Dutch Uncles, Foals, Bowie. Les dejo el playlist completo acá.

lunes, 15 de abril de 2013

Tasas bajas y dólar alto (diálogo ficticio con mis comentaristas)

Más allá de las inevitables expresiones de afecto que suelo recibir de los anónimos comentaristas online, sus reacciones son útiles para pensar cómo se traduce el debate económico entre los no economistas, en definitiva el target de lo que uno dice o escribe. En particular, los comentarios a esta telegráfica transcripción en Ambito Financiero de un largo diálogo dominguero con Guillermo Laborda reflejan algunos lugares comunes a la hora de hablar de política monetaria, tasas de interés y demás tecnicismos oblícuamente ligados al karma del dólar.

La nota (no la charla) enuncia que una suba de tasas (por ejemplo, del 15% actual al 20%) ayudaría a contener la presión cambiaria. Las respuestas de los lectores son de tres tipos: 1) Ridículo: ni loco deposito pesos en un banco al 20%; o 2) Contraproducente: al 20%, si no puedo comprar dólares, depositaría todos mis ahorros, pero con esas tasas se pararía (aún más) la economía;o 3) El que escribe es un agente destituyente del neoliberalismo internacional.

La tercera respuesta suele ser un mensaje automático generado por un robot de vocabulario limitado. Las dos primeras, en cambio, son ciertas a su manera, aunque no invalidan la proposición inicial. Veamos.

Lo ideal para el primer ahorrista sería una tasa real positiva (o sea, mayor que el 20%: idealmente, un depósito indexado a la inflación como existían en 2006 antes de la intervención del INDEC; en su defecto, una tasa cercana al 25%). Pero esto conspiraría contra las preocupaciones del segundo ahorrista: una tasa del 25% encarecería el crédito y frenaría la actividad.

(De más está decir, 20% es un número arbitrario, a mitad de camino entre la situación actual y una situación normal con tasas más cercanas a la inflación. No es totalmente inusual tener tasas de depósito por debajo de la inflación en un contexto recesivo; es el caso de las tasas en EEUU al día de hoy. Pero la Argentina es un ejemplo extremo: tiene tasas reales negativas desde 2003, a pesar de que ya hace rato que nos recuperamos de la crisis.)

El problema con el argumento del primer ahorrista ("ni loco deposito al 20%") es algo sutil: subestima el carácter especulativo de la compra de dólar blue. En 2002 había gente que pensaba que el dólar no pararía de subir y compró dólares a 4 pesos y perdió.  Hoy es posible comprar dólar blue a 8.40 y esperar que suba a 9 y vender. Pero en una situación normal hoy el dólar no debería estar muy por arriba de 6. Se puede especular con que siga subiendo hasta que la situación se normalice y baje, pero por definición alguien se quedará con los dólares cuando el dólar vuelva a niveles normales, y perderá. Por eso un depósito que me pague una tasa cercana a la inflación, una vez que ajustamos por riesgo, no parece una alternativa despreciable.

Un primer problema con el argumento del segundo ahorrista ("si pagan más al ahorrista se frena la economía") es cierta confusión con el uso de estos ahorros. ¿Qué tasa activa surgiría de una tasa pasiva de 20% y qué impacto tendría en la inversión?, se pregunta con razón un lector. Aquí valen algunas aclaraciones. Para empezar, el costo de fondeo de los bancos se calcula, de manera grosera, como la mitad de la tasa de depósitos (ya que la mitad de los fondos los obtiene en cuentas a la vista con tasa cero) más un overhead de 2%-3%. O sea que una tasa de depósitos del 20% da un costo de fondeo del 13% (o 12% por debajo de la inflación). Un costo, en cualquier situación, muy bajo. Además, hace tiempo que los bancos financian no la inversión sino el consumo, a tasas que sólo muy lateralmente se relacionan con el costo de fondeo del banco. Una situación que obedece tanto a cambios estructurales en el negocio bancario como a la inestabilidad nominal vernácula que inhibe el crédito a largo plazo. La prueba de que las tasas pisadas no impactan en la inversión está a la vista: con tasas reales cada vez más negativas, la inversión no levanta.

Un segundo problema, relacionado con el anterior, es que no estamos más en un régimen de libro de texto. La tasa subsidiada fogonea la salida de depósitos y la presión sobre el blue, incrementando expectativas de inflación y depreciación (la tasa baja es equivalente a emisión alta), e inhibiendo inversión o consumo (más allá de aquellas orientadas a la explotación cortoplacista del subsidio). Por eso, manteniendo pisadas la tasa que se le paga al ahorrista, hoy no se genera más inversión sino posiblemente menos.

Finalmente, el argumento a favor de mantener la tasas subsidiada es que compara con el estado de situación actual, es decir, asume que la situación nominal está estabilizada. Sin embargo, no es improbable que dos años con esta emisión alta y estas tasas subsidiadas nos lleven a una desaceleración todavía mayor. Una politica monetaria menos expansiva, si bien no resuelve el problema, es esencial para devolverle al peso su rol de reserva de valor y descomprimir la "sensación" de corrida.  En otras palabras, lejos de ser suficiente, es una condición necesaria.

(Hay una tercera crítica a la necesidad de dejar de subsidiar tasas para contener el blue, que plantea que la presión sobre el dólar blue se debe a la velocidad de emisión monetaria: 35% anual por estos días; 40% a fin de 2012. Esto, sin embargo, revela una confusión común (aún entre especialistas): un aumento de tasas es equivalente a una desaceleración del crecimiento de la cantidad de dinero; es decir, en la práctica, subir bajas y ralentar emisión es la misma cosa.)

domingo, 14 de abril de 2013

Preferiría no hacerlo (conversación con Gustavo Noriega)

No suelo colgar apariciones radiales en este blog, pero esta larga y sustanciosa charla con Gustavo Noriega sobre Vamos Por Todo y lo que nos deja la década kircherista creo que lo amerita.

En su programa Preferiría No Hacerlo por Radio Ciudad (La Oncediez). 

En dos partes: una y dos.

miércoles, 10 de abril de 2013

La velocidad de la irrealidad argentina (Tasas Chinas)

Audio y soundtrack del Tasas Chinas de ayer.

El retornos de Olivera.Mario Damill sobre economía ochentosa y qué hacen los economistas cuando hablar de las crisis les lima el cerebro. La visita de dos amigos que se colaron al programa. Y Karina Galperín sobre la pelea Macri-Abal Medina en la inaugiración del campus de la UTDT (que aparentmente sólo existió en los medios).

Como siempre, acá abajo les dejo la introducción.


Después de un mes en el primer mundo, vuelvo a Buenos Aires buscando el descanso, la pausa, el hogar. Pero la pausa es difícil en la vorágine del modelo. En treinta días le regalamos un mate al papa, sufrimos el diluvio con el arca llena de agujeros y, con los colchones todavía húmedos, dimos un paso hacia la justicia plesbicitaria. Para colmo, el Pepe nos trata de viejos y tuertos. Por lo menos no nos llamó ladrones. En un segundo plano borroso, la economía entre avanza y se hunde en mares de gofio sacándole la lengua al 5% soñado por los ecoanalistas de estado, los dólares de la soja y las mulilaterales se demoran y el barrilete blue sube dos para bajar uno.

Difícil la pausa. Argentina está desbocada. Arrastra los piés pero mueve mucho las manos. La gestión ya no es acción sino dicción, y se discuten reformas de una década en unos pocos meses preeleccionarios. Argentina aturde. No podemos esperar a terminar de contar los muertos para lanzar la próxima reforma. Un clavo saca a otro clavo. Una noticia a otra noticia. Francisco saca al blue, el agua a Francisco, Oyarbide al agua. Abrimos el diario con ansiedad y temor. La realidad corre delante de nosotros como un animal enjaulado.

¿Puede una tragedia de estas dimensiones precipitar un cambio en la manera en que se hace política en Argentina? Tuiteé esto hace un par de días en referencia a las inundaciones, más precisamente en referencia a las decenas de muertos por las inundaciones, al hecho de que a pesar de que la mayoría, si no todas esas muertes era evitables, el debate en la clase política se centraba en explicar dónde estaban durante el siniestro y qué tan rápido habían vuelto para sacarse la foto entregando un colchón. Casitas inundadas a votar, como en la canción.

¿Puede una tragedia de estas dimensiones precipitar un cambio en la manera en que se hace política en Argentina? La mayoría de las muchas respuestas oscilaron entre la ironía y la condescendencia. La década ganada no nos deja muy lejos del que se vayan todos del 2002. Si pensamos que la política no tiene arreglo, la política no tendrá arreglo.

El tiempo que todo lo embellece hoy embellece los experimentos ochentistas que en los ochenta nos condenaban a la miseria. Financiamiento inflacionario, desdoblamiento cambiario, congelamiento de precios. En cualquier momento llegan los pollos de Mazzorín para bajar la inflación y estamos todos. Economía de guerra.

La nostalgia es también una manera de fugar de la velocidad clipera de las noticias. La nostalgia le pone pausa, distancia. Ya pasó, ya pasará.

En vivo, desde el autódromo municipal de Atlantis, esto es Tasas Chinas.

lunes, 1 de abril de 2013

La inquilinización argentina, revisitada.

Hace unos días el periodista Marcelo Larraquy publicó una nota sobre la lenta inquilinización de la familia argentina (de clase media, deberíamos añadir), retomando un tema (del que hablo hace tiempo, por ejemplo, acá o acá) relacionado tanto con el aumento de la tasa de inquilinos (y la caída de la de dueños) como con el otro, más profundo, de la falta de instrumentos de ahorro accesibles para el ahorrista mediano -y la posibilidad de que muchas familias descubran al final de su vida laboral que no tienen lo suficiente para mantener su ritmo de vida.

Las razones son varias y no sólo argentinas (como comentaba en este viejo post): la valorización del metro cuadrado en las grandes ciudades (por efecto de la congestión y el aumento del costo de transporte al lugar de trabajo) y el sesgo del sistema bancario (a prestar corto y caro al consumidor en vez de largo y menos caro a la empresa) son factores comunes a otras economias desarolladas o emergentes. Por su parte, la escasez de crédito hipotecario es un síntoma más local, pero compartido con otros paises tigres latinoamericanos.

Pero a todas estas cosideraciones generales se suma un factor crítico idiosincrático de nuestra realidad post convertibilidad: el efecto de la inflación sobre la cuota inicial de un préstamo hipotecario de cuota fija. Puede sonar técnico pero, como explico de modo no necesariamente didáctico en este post, un aumento de la inflación esperada del 5% encarece la cuota inicial en un 30% (simplemente porque el banco cobra anticipadamente la dilución de la cuota futura por efecto de la inflación). Y la cuota inicial es todo lo que media entre el potencial dueño y su crédito.

(Comentario final, algo más técnico: la cuota inicial podría ser más baja si, como en muchos países, se indexara el capital por inflación, posiblemente con un seguro de inflación como el propuesto acá. Pero para esto habrá que esperar a que el gobierno desista de manipular las estadisticas.)



sábado, 30 de marzo de 2013

Salgamos de la zona

La última columna de Tasas Chinas en el diario Perfil refrita las introducciones de dos viejos programas. La referencia del título es a esta gran película de Chan-Wook Park sobre el área desmilitarizada entre las dos Coreas.

En su versión mediática la realidad nos habla a los gritos; cualquier dato es señal de colapso inminente o prueba de resurgimiento inminente. La realidad se desmaterializa dinamitada por el montaje cinético, por la adrenalina del minuto a minuto. El discurrir cotidiano, sin estridencias, sin alineación, no contribuye al espectáculo. El conductor se aburre, mira ansioso al productor, pide un corte.

“Tu sombra está sobre la línea de seguridad”, advierte el personaje Kang-ho Song en la película coreana Zona de seguridad compartida, que se desarrolla en la zona de seguridad compartida entre las dos Coreas. La realidad argentina habita ese no lugar entre fronteras ideológicas de la Guerra Fría. A cada paso suena el fuego cruzado de los guardias apostados a ambos lados de la zona, contra un fondo de propaganda que sale continuamente de los parlantes.

¿Cuánto hace que hablamos de la inflación? Cuatro años discutiendo si había subido, y ahora discutimos si la culpa la tiene el que vende o el que compra o el que imprime los billetes. Discutimos si “conviene” más el bono de YPF o el depósito en el banco, dos instrumentos que en un año se quedan con el 10% de nuestros ahorros. Analizamos las cifras de un discurso presidencial con contundentes números nominales que suben con la inflación. ¿Es necesario un experto neoliberal para explicar que si la jubilación promedio sube 25% y la inflación es de 25%, para todos los fines prácticos, la jubilación no sube? ¿Es necesario invocar a Marx y a Keynes para explicar que el que sube precios y el que sube salarios 25% no causan esta inflación del 25%, sino al revés? Debatimos la inflación Coto, las bondades relativas de los instrumentos de desahorro y los récords de recaudación nominal y, al hacerlo, le damos entidad a una conversación que podría ocurrir en una obra de Ionesco o una novela de Soriano, en una crónica tercermundista versionada por Hunter Thompson. Será el costo de la democratización de la economía, me dice un amigo, no economista.

Terminaron las vacaciones, recién empieza el año y ya estamos cansados. ¿Podemos tomarnos un recreo? ¿Podemos (abusando de la paráfrasis gastronómica) dejar este folclore por dos años? Dos años sin teorías conspirativas ni periodismo de guerra ni soviet chic ni compre fueguino. Dos años sin debates K versus no K, sin estigmatizaciones ni periodismo militante ni nacionalismos superadores. Dos años para reconocernos.

Tomémonos un recreo. Hablemos de otra cosa.

Una amiga que suele oír estas columnas me acerca una historia. Pareja de progres jóvenes y palermitanos se mudan a una villa para tomar un baño de pobreza. La idishe mame de la nena va los fines de semana a llevarles comida y regalos y la nena no la deja entrar en la casa. La mame comparte la comida y los regalos rechazados con las vecinas de la villa, que entienden y comparten su drama, la contienen. Finalmente la nena tiene un chico con problemas de salud, vuelve a Palermo y a la prepaga. La mame de vez en cuando pasa por la villa a saludar a las vecinas, matea con ellas mientras les muestra las fotos de la fiesta de 15 de la nena, con la que ahora sólo habla de dinero.

Un amigo que suele oír estas columnas me acerca otra historia. Le roban una camioneta a punta de pistola un mes después de comprarla. Una semana después de hacer la denuncia, ya resignado a la pérdida, lo llama la policía de Paraguay para decirle que tienen el vehículo y que puede pasar a buscarlo por Asunción. Viaja con un pasaje de ida y hace horas de cola y horas de papeles y finalmente se la entregan, intacta. La maneja un día y medio de vuelta a Buenos Aires. Llega cansado y duerme 12 horas seguidas. A la mañana siguiente, al salir del garage, lo abordan dos tipos a punta de pistola y le piden la camioneta. Mientras uno lo custodia, el otro desarma los asientos y extrae varios ladrillos blancos. Luego lo liberan, le dan la mano. Gracias, jefe, disculpe las molestias.

Tomémonos un recreo. Salgamos de la zona.

jueves, 28 de marzo de 2013

Corralito & Corralón (a próposito de Chipre)

Con la imposición de controles a la salida de depósitos en Chipre, volvió a la discusión mundial el caso argentino, en particular las bondades y maldades del corralito, para algunos unos de las decisiones desafortunadas que agravaron la crisis y profundizaron la caida libre de la actividad a fines de 2001 (vale recordar que la actividad comenzó a reputar en el segundo trimestre de 2002). Para echar algo de luz o sombra a este debate, transcribo este fragmento de La Resurrección, revisado y reeditado recientemente por Eudeba, donde discurrimos sobre el corralito y su primo lejano, el corralón.


¿Por qué la corrida de 2001 derivó en restricciones a la extracción de efectivo (el Corralito) y, posteriormente, en la reprogramación compulsiva de depósitos (el Corralón)? ¿Por qué las barreras de contención que en otros países permiten al sistema bancario convivir con el descalce de plazos sin sufrir corridas permanentes, no funcionaron en la Argentina? La razón es conocida: la dolarización de los activos financieros. 

En una economía dolarizada, el Banco Central no puede imprimir para prestarle a los bancos los dólares demandados por los depositantes, sólo puede hacer uso (limitado) de las reservas. Y en un contexto de crisis, el Tesoro no puede emitir deuda para incrementar el monto de las reservas (de hecho, no pudo emitir ni siquiera para pagar sus propias obligaciones). El resto es fácil de imaginar: el retiro de depósitos se traduce en una caída de reservas que no hace más que inquietar a los depositantes que aún no han retirado. 

Enfrentados con el precipicio y sin red de seguridad, el gobierno cuenta con dos opciones: dejar a los bancos a merced de los depositantes (o a los depositantes a merced de los bancos) forzando a los accionistas a conseguir los dólares o, en caso de que esto no sea factible, a cerrar; o “suspender la convertibilidad” de los depósitos, esto es, eximir a los bancos de su obligación de pagarlos. 

En estos casos, las crisis bancarias masivas suelen derivar en la segunda opción. El argumento es que, dado que, en general, estas corridas se deben más a pánicos generalizados que a problemas de solvencia bancaria, dejar que los bancos vayan a la quiebra (con un costo para los depositantes y para las firmas ahora desfinanciadas) causaría pérdidas económicas innecesarias y que, pasada la histeria de la corrida, los bancos estarían en condiciones de volver a operar de manera normal. Por lo general, esta suspensión de convertibilidad toma la forma de una reprogramación de depósitos, ya sea dentro de los mismos bancos o mediante un canje (voluntario o compulsivo) por títulos públicos. Éste sería el destino de la corrida argentina, a través del Corralón y de los sucesivos canjes. 

Pero la creatividad local supo idear primero el “corralito”, una versión que es casi el negativo de la reprogramación: en lugar de congelar los retiros de los ahorros bancarios en dólares, se optó por limitar los retiros de efectivo, dejando libertad para transferir dinero entre cuentas bancarias e, incluso, en una exhibición de audacia, instando a dolarizarlas. Así, los dineros de los ahorristas podían transitar todos los corredores del sistema bancario sin ataduras, pero sólo podían abandonarlo por una salida deliberadamente pequeña, de modo que la filtración masiva de depósitos se convirtió, de la noche a la mañana, en un incesante e irremediable goteo. 

Tantos neologismos merecen, aun a riesgo de caer en redundancias, una breve aclaración. Por corralito se entiende la restricción al retiro de efectivo establecida por Domingo Cavallo en noviembre de 2001 para cerrar la canilla (o, más precisamente, reducir el chorro) de la corrida bancaria. La medida tuvo el previsible efecto de llevar a los depositantes a retirar el dinero cuanto antes; todos los ahorros bancarios se amontonaron en cuentas a la vista a la espera de una oportunidad de salida.

Recién, en enero de 2002, se creó el Corralón en un intento por hacer lo que el Corralito no hizo: congelar los ahorros para liberar el sistema de pagos (esto es, la liquidez para el pago de sueldos, bienes y servicios). Pero a esas alturas, ahorros y liquidez estaban irreversiblemente mezclados: liberar el corralito habría llevado a un retiro masivo de depósitos. Así es como este accidentado derrotero llevó a la convivencia de los dos corrales en 2002. 

La distinción entre corralito y corralón, que aún hoy elude a más de un analista, es esencial para entender algunos aspectos que influirían en el desarrollo de la poscrisis argentina: el problema de la falta de efectivo, clave por su efecto en la economía de los sectores informales y de menores ingresos; la evolución de las variables monetarias y del tipo de cambio a lo largo de 2002; y las cuentas del salvataje bancario que, en su complejidad, lograron disimular el balance final para bancos, firmas, depositantes, y gobierno. Éste capítulo se toma un breve descanso del ajetreado anecdotario de 2002 para intentar develar estos asuntos.

martes, 26 de marzo de 2013

Shopping global de la mano del cepo



¿Otro subsidio regresivo a la clase media? La combinación de tipo de cambio oficial controlado y prohibición de compra de dólares es un fuerte incentivo al turismo emisivo (argentinos viajando y gastando en el exterior) y un desincentivo al turismo receptivo (turistas extranjeros vendiendo sus dólares baratos al gobierno). 

La línea azul claro representa la salida de dólares por el primero concepto. La línea azul oscuro, la entrada de dólares por el segundo. El área sombrada, el saldo de dólares que entra al país.

domingo, 24 de marzo de 2013

Vamos Por Todo (prefacio del libro)

Esta semana llega a las librerías Vamos por todo, el libro sobre la política y economía argentina de los últimos años, que escribí junto a Marcos Novaro, y del que La Nación saca este anticipo.

Acá les dejo otro: el prefacio.

Dos mil siete fue un año bisagra, si acaso esa expresión tiene algún sentido. Con el país creciendo al 9%, el pago al Fondo Monetario Internacional en enero de 2006 se sintió no tanto como una sobreactuación de soberanía sino como el final feliz de una crisis que en 2002 se anticipaba eterna. En este contexto, el período que comienza en 2007 no formaba parte del guión. Era la secuela, todo estaba por escribirse. Esta historia pudo haber sido una de las más breves entre las tantas historias de gobiernos breves que ha tenido la Argentina. 

Es un hecho que en julio de 2008, en las postrimerías de la crisis del campo y a poco más de seis meses de asumir, por impulso de su marido y ex presidente, Cristina Fernández de Kirchner (CFK) estuvo muy cerca de renunciar. Abandonar entonces la presidencia habría implicado sin duda el fin de su vida política. Es más, la habría condenado al escarnio público y al juicio lapidario de la historia, en lo que podría sin excesos describirse como la coronación de un sorprendente proceso de autodestrucción.


Pero pudo ser también muy prolongada, tan exitosa y prolongada que hoy no pudiéramos imaginar siquiera su conclusión: al menos así llegaron a verse las cosas a fines de 2011, cuando Cristina pareció tocar el cielo con las manos, reuniendo en ella un grado de adhesión popular y de control de los resortes del poder político y económico del país que nadie había alcanzado en décadas. Un poder, en suma, que pareció autorizarla a hacer planes más allá de cualquier límite u obstáculo, para perpetuarse y moldear el país a voluntad, modificar el régimen político y también el económico en forma tal vez irreversible.Así, yendo del cielo al infierno, han transcurrido los años del segundo kirchnerismo. Esta historia que contamos a continuación es, por ello, una que dice mucho no sólo de la personalidad, las ideas y la fuerza política de CFK —y de Néstor Kirchner, protagonista hegemónico hasta su temprana muerte—, sino de los argentinos en general, tan inclinados a la épica como a la flagelación y al patetismo. Y para comprenderla conviene analizar en detalle cada una de las críticas decisiones que Cristina como presidente, su marido y sus colaboradores adoptaron tanto en el terreno de la política como en el de la economía, porque fueron ellas las que dieron finalmente forma a su tiempo.

Se han tejido todo tipo de especulaciones respecto de la relación entre Néstor y Cristina Kirchner y entre el “kirchnerismo clásico”, el que se desarrolló entre 2003 y 2007, y su etapa radicalizada, “cristinista” —para algunos iniciada a fines de 2007, para otros recién plenamente en acto con la muerte de Néstor, en octubre de 2010—. Mucho se escribió, por ejemplo, sobre el doble comando y la “presidente vicaria”, con una visión en general crítica que sostenía que ella era apenas una criatura de él y que nunca tomó decisiones de gobierno hasta la muerte de su marido. Y también mucho se ha dicho sobre el cristinismo como etapa superior del kirchnerismo y de Cristina como una versión mejorada y reforzada del proyecto apenas coyunturalista e hiperpragmático de su marido: un kirchnerismo con “rostro humano” y “vocación programática”. 

Más allá de todo lo dicho y escrito, algunas cosas han quedado claras a partir de la experiencia. Por un lado, la superioridad electoral de CFK respecto de su marido: mientras que él no logró triunfar en ninguna de las dos elecciones nacionales en que ocupó las principales candidaturas (2003 y 2009), Cristina triunfó y por amplio margen en las tres suyas: 2005, 2007 y 2011. La experiencia también ha dejado en claro los rasgos que diferencian a CFK de Néstor: éste solía acompañar discursos duros con negociaciones tendientes a algún tipo de acuerdo, mientras que ella tendió a encadenar discursos aun más duros con decisiones unilaterales innegociables. Esto le dio un cariz particular a su primer mandato, así como a lo que conocemos del segundo: inflexibilidad. ¿Fue esa inflexibilidad una receta para el éxito? En ocasiones le permitió alinear a los dubitativos, abroquelar a sus aliados y debilitar a los adversarios, convenciendo a todos de que era mejor no enfrentarla para evitarse problemas. Pero no siempre logró ese resultado. Aquí consideraremos algunas de las muchas ocasiones en que su forma de gobernar contribuyó a cometer errores de gestión, a la postre muy costosos y difíciles de corregir. Y destacaremos también cómo, aun en algunos casos en que decisiones inflexibles ofrecieron soluciones a problemas inmediatos, significaron la pérdida de oportunidades para tomar otros caminos más consistentes y provechosos a mediano y largo plazo, y explican la reemergencia agravada de esos problemas supuestamente resueltos o la generación de otros nuevos y más serios. 

Con todo, cabe preguntarse: ¿no estaba ya presente esta inclinación en el primer kirchnerismo? ¿No debería considerárselas entonces, más que como dos etapas distintas, como momentos de un mismo proceso, uno relativamente moderado y el otro maduro y radicalizado por un contexto económico menos generoso? En buena medida la concentración de la suma del poder, una intervención extensa en la vida económica, la eliminación de las disidencias y la limitación del pluralismo político y mediático estaban ya ahí como metas del primer kirchnerismo. Habían sido ésas sus recetas para el éxito en Santa Cruz y tenían evidente afinidad con los gustos ideológicos del matrimonio: no sorprende que intentaran trasladarlas a la nación. 

La diferencia esencial fue, a nuestro juicio, de grado y no de forma. El primer kirchnerismo heredó un esquema político y una política económica ajenos, que los Kirchner no habían ayudado mayormente a delinear ni a poner en marcha, pero que adoptaron primero para facilitarse el acceso al poder y luego, en la bonanza de la recuperación económica, para incrementarlo. En tanto el segundo kirchnerismo, el de Cristina presidente, se benefició de un mayor margen de libertad política para tomar decisiones y elegir funcionarios y políticas, amigos y enemigos —pero, agotada la bonanza, fueron desafiados por un margen económico menor y menguante. 

En esta progresiva liberación de los Kirchner respecto de la herencia política y económica recibida, la que los llevó a la Rosada y les permitió consolidar su poder pero que también los limitaba para gobernar según el “modelo santacruceño”, hubo mucho de “regreso a las fuentes”, de regresión a las pautas más tradicionales, folclóricas, de la política y la economía del peronismo.

La tendencia nostálgica hacia el populismo mágico, es importante destacarlo, no fue patrimonio de los Kirchner: había estado presente desde un comienzo en el debate que enfrentó a distintos sectores del peronismo respecto de cómo encarar la salida de la crisis de 2001. Ese debate fue de alguna manera saldado por Eduardo Duhalde y los gobernadores peronistas a comienzos de 2002, con un criterio en cierto modo innovador y, en todo caso, más desarrollista que populista. Aunque no puede decirse que la cuestión estuviera del todo resuelta, lo sorprendente del caso es que, más allá del éxito que la solución duhaldista tuvo y del enorme provecho que de ella sacaron los Kirchner en los primeros años de gobierno, en su segunda época no optaron por consolidar esa alternativa sino más bien por desmontarla pieza por pieza para instaurar una opción que en 2002 se había descartado. 

Reconstruir este proceso nos servirá para poner en perspectiva la discusión sobre el kirchnerismo y el cristinismo, y entender tanto las continuidades como los desplazamientos entre ellos y con quienes los precedieron.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Dollar blues

Nos quedan treinta meses de las mismas discusiones estériles, decía acá. Treinta meses para insistir con argumentos como éste (publicado el 17 de enero en La Nación; cambiar 8 por 7 donde corresponda):

Las expectativas, si no son guiadas por la política económica, suelen ajustar con lo que hay. La de inflación para 2013 tomará como guía el 26 por ciento que se registró en 2012 y le agregará algo más para cubrir posibles desvíos. La del tipo de cambio paralelo, más movediza, tendrá como guía el tipo de cambio de ayer.

Por eso, hace seis meses se pensaba que el bluea $ 6,50 era caro y hoy, sin que nada fundamental en la economía haya cambiado, un blue a 7 pesos parece barato. Es así como, cada vez que vuelve de uno de sus viajes, regresa a un nivel que está un escalón por arriba del punto de partida. Un comportamiento que los economistas denominan con un término que toman prestado de la física: histéresis (la "memoria" de los materiales).

En este caso, como en julio pasado, el viaje del blue tiene que ver con aspectos estacionales: el aguinaldo y las vacaciones, que típicamente elevan la demanda de pesos y dólares. Y con la respuesta incomprensible del Gobierno (la Administración Federal de Ingresos Públicos, el Banco Central o quien sea que esté timoneando la política cambiaria) de endurecer las condiciones de acceso al dólar oficial para los pocos casos aún permitidos.

Los costos de dejar que la demanda estacional ajuste por el paralelo son múltiples y no se limitan al fastidio de los potenciales turistas. Por ejemplo, cae el incentivo a vender dólares para consumir o invertir (por temor a perder el próximo escalón) estimulando el atesoramiento, justamente la opción que el Gobierno eliminó para el caso del billete oficial, y restando impulso al crecimiento.

Además, la suba se traslada a una parte de la canasta de consumo presionando sobre la inflación. Y genera una sensación de corrida que funciona como profecía autocumplida: la gente compra (y no vende) a 7 pesos porque piensa que seguirá subiendo, el mercado blue se dispara 20 centavos en un día y el aumento premia al que compró a 7, convalidando sus expectativas y generando más demanda. En resumen, más dolarización y más inflación; menos demanda doméstica y menos crecimiento.

Cuando nos internamos por un camino errado, lo mejor es volver sobre nuestros pasos. No es gratis; depende, entre otras cosas, de cuánto nos hayamos internado. Pero es menos costoso que insistir en el error. Del mismo modo, la AFIP o el BCRA (en fin, el Gobierno) debería habilitar la venta de más dólares a un tipo de cambio realista (mayor al oficial, pero bien por debajo del paralelo).

Tendrá que ponerle el pecho al tsunami de pesos que hoy no encuentra destino y que a estas alturas espera que el dólar suba sin techo. Pero éste es un costo inevitable que crece con la permanencia del cepo cambiario. Apretando el cepo, en cambio, sólo se alimenta el blue y las ganancias de las "cuevas", e induce a quienes tienen ahorros en blanco a la informalidad.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Esperando la crisis


(Publicada el 13 de marzo de 2013 en La Nación).

A fines de 2006, con crecimiento a tasas chinas, superávits gemelos e indicadores sociales recuperados, Argentina parecía condenada al éxito; a fines de 2012, apagones, cacerolazos y paros traían ominosos recuerdos del 2001. El antecedente más cercano de la “década ganada” de la posconvertibilidad (2002 a 2012) es poco halagador: la “década ganada” de la poshiperinflación alfonsinista (1989 a 1999). “Lo único que pregunto es si la crisis llegará antes o después de las elecciones”, se preguntaba (o me preguntaba) una lectora después de leer una columna reciente. “Esto así no dura”, resumía un colega hace unos días en alusión a la combinación de inflación en ascenso, reservas en descenso, brecha cambiaria bolivariana y crecimiento japonés.

Este tipo de impresiones emocionales, sin embargo, suelen pintar mejor el árbol que el bosque.

Vivimos esperando la definición. Hace décadas que el país oscila, parafraseando a Gerchunoff y Llach, de la ilusión de la recuperación al desencanto de la crisis. No tenemos registro de períodos de crecimiento lento pero seguro, ni de largas recesiones; lo más parecido, la odisea aliancista, fue en última instancia un lento descarrilamiento. Tal vez por eso nos cuesta concebir un escenario en el que nada cambia, o en el que todo cambia de manera pausada, imperceptible, como en un estofado lento. Tenemos una aversión natural a la medianía, especialmente si esta medianía intermedia, neurótica, está asociado al malestar y a la postergación. Soñamos con un desenlace, un cierre, y así alimentamos las fantasías de crisis o recuperación.

¿Rebotamos o colapsamos? Si el oficialismo apuesta al despegue de la mano de China, Brasil, la soja o Vaca Muerta (y le prende una vela a una virtuosa alineación de países y commodities mientras aguarda el ocaso del capitalismo destituyente), la oposición se ilusiona con la inflación y el dólar blue a la espera de que las penurias económicas y el voto negativo hagan el trabajo por ella.

Pero en la Argentina actual la dinámica de una crisis es casi tan difícil de delinear como las razones de un despegue. Para que algo se rompa hace falta una fragilidad: el déficit crónico heredado del sobreendeudamiento ochentista en 1989, o el sobreendeudamiento en dólares heredado de la convertibilidad noventista en 2001. Sin éstos, lo más probable es que, en el peor de los casos, lo que enfrentemos sea una recesión. Ni emergencia ni hundimiento sino una lenta y prolongada deriva, justo en el medio entre el colapso y el milagro, entre el 5% de crecimiento de los oráculos oficiales y el -1% de algunos analistas menos pacientes con el modelo.

¿Por qué la crisis se hace rogar? Las razones son varias y remiten a lo logrado a la salida de la crisis y a la naturaleza autoinfligida de los síntomas actuales.

Hoy el endeudamiento está en mínimos históricos (aunque si contamos compromisos ocultos y pagos postergados, probablemente haya dejado de caer hace un par de años). El déficit fiscal es manejable y depende en gran medida de subsidios a la clase media que debieron haber sido reducidos hace tiempo (y que el gobierno viene reduciendo paulatinamente: el gasto nominal en subsidios no varió en 2012 respecto de 2011 y para 2013 se presupuestó una reducción adicional, lo que implica un ajuste real). La inflación inercial podría atacarse de manera incruenta con una combinación de transparencia (un IPC genuino), política (un banco central que se ocupe del tema) y un acuerdo de precios y salarios alrededor de una pauta. Y la escasez de dólares se debe menos a la apreciación del peso que a la obcecación del gobierno por alienar al capital privado, extranjero y local. Simplificando, podría concluirse que si la Argentina moderara la inflación y recibiera inversiones extranjeras en petróleo, minería e infraestructura –algo que tarde o temprano sucederá– el tipo de cambio estaría más cerca del oficial que del paralelo, los controles serían redundantes, reviviría el crédito de mediano plazo y el crecimiento convergería al 5% regional.

Una crisis económica es la forma traumática en la que se resuelve un reacomodamiento que no puede instrumentarse de manera gradual: una quita de deuda, una devaluación, un ajuste de ingresos reales. Pero si el escenario de llegada no difiere mucho del de partida, si no existe esta necesidad de un reacomodamiento brusco, no hay razones para que la acumulación de errores precipite una corrección masiva. Con un tipo de cambio bajo presión pero que al final del día no debería ser muy distinto del actual y un déficit que se deteriora pero sin llegar al desmadre de los 80, habrá que acostumbrarse a una brecha cambiaria volátil y creciente, una presión e intervención fiscal en aumento y una inflación reptando por arriba del 30%. Como hasta ahora.

¿Optimista? Depende. Más optimista parecería ser quien anticipa la crisis como un baño de realidad, como preámbulo de un cambio para mejor; las crisis no son el comienzo de nada bueno. ¿Pesimista? También depende. Más pesimista sería, inadvertidamente, quien vaticina con alegría una eternidad de controles y ajustes atolondrados y derrape lento a contrapelo de la región; insisitir en el error sólo nos aleja de la solución.

Cuesta imaginar esta deriva sin desenlace, pero es lo que hay. Probablemente nos esperen treinta meses más de discusiones inverosímiles sobre los orígenes de la inflación y de recetas exóticas de economista amateur. Treinta meses de vehemente improvisación y autocelebración en cadena. Treinta meses de enervante calma chicha, y ninguna crisis.

O treinta meses para pensar el futuro, para construir una alternativa que no huela a reciclaje. Porque nada sucederá por sí sólo, la crisis no nos salvará de la falta de ideas. 


Hay que remar.